Montecristi en el perfil de la historia. (1 de 2 ) por Lic. Bolivar Ureña
La historia de Montecristi es una historia de rarezas. Haciendo un recuento breve desde el Descubrimiento se puede notar que de esa época, salvo las pocas pinceladas que dejó el descubridor, Cristóbal Colón, en su Diario de Navegación, no queda otra huella. No quedó rastro del período de la conquista; tampoco quedó rastro alguno del período colonial, como en otros lugares de la isla, donde los colonizadores plantaron sus huellas a través de la construcción, principalmente de tipo militar y de defensa, quedando impresa la cultura europea en ese tipo de construcción, si bien en las principales ciudades o villas, como se denominaban, quedaron muy buenas y hermosas construcciones civiles, obra que contó con el empuje definitivo de Don Nicolás de Ovando a partir de 1502. Por lo demás, la casi totalidad de las comunidades que se desarrollaban al amparo de la colonización fueron villorrios con apenas algunas decenas de casas construidas de palos y palmeras, lo que dio lugar a su desaparición aún antes de que se completara el período de la colonización.
Así las cosas, no fue casual que Montecristi fuera una de esas villas, en las que quedaron vagando y mal cobijadas grupos de aventureros que se dedicaron algunos a una agricultura muy limitada y otros a la caza de animales salvajes, principalmente ganado vacuno y porcino, originando esto el intercambio de carnes y cueros con comerciantes irregulares que deambulaban en todo El Caribe en busca de esos productos que por aquellos tiempos tenían una gran demanda en una Europa sacudida por guerras permanentes. Junto con Montecristi se dedicaron a esa actividad todas las comunidades que fueron llamadas de la banda norte de la isla, es decir: Puerto Plata, Puerto Real, Bayajá (hoy Fort Liberté), Guanahibes (Gonaives) y la Yaguana, que aunque bastante al sur fue quizás el punto más importante para el rescate o contrabando de la isla, pues su situación estratégica así lo demandaba.
Para combatir el comercio ilegal y a solicitud de las autoridades de la Colonia, la Corona ordenó la construcción de fortalezas y fortificaciones para proteger a aquella de ataques corsarios y piratas al mismo tiempo. Tanto era la afluencia de naves comerciales, corsarios y piratas que se creó, después de muchas peripecias y años de discusión una flota que debía proteger a los barcos españoles que llevaban mercancías y tesoros en oro y plata hacia España.
De esas luchas y de huracanes y tormentas que sorprendían la flota española y los barcos ingleses, franceses y portugueses que merodeaban en la Costa Norte, quedan en el fondo del Atlántico muchos galeones, bergantines y otras naves que son huellas de la colonización pero que no están a la vista.
En el caso de Montecristi no tenemos en tierra huella alguna de la conquista y la colonización, lo que es raro, tratándose de una comunidad que como Puerto Plata, Bayajá, la Yaguana y otras era de las más importantes de la Banda Norte de la isla en el intercambio de productos con los contrabandistas europeos.
La historia registra uno de los casos más patéticos y traumáticos de la época colonial: las devastaciones. Montecristi fue una de esas comunidades desarraigadas en ese estúpido acontecimiento ocurrido entre 1605 y 1606, ordenado por la Corona y ejecutado en persona por el Gobernador Antonio de Osorio. Al quedar deshabitada la Banda Norte de la isla, corsarios, piratas y aventureros de toda laya se establecieron en ella, dando inicio a los primeros asentamientos franceses, lo que a la postre sería el origen de una colonia que habría de dividir la isla en dos, con la consiguiente secuela, de guerras y la formación de dos repúblicas: Haití y República Dominicana.
Montecristi resurge en los anales de la Historia, ya para la época en que se agudizan las contradicciones políticas y sociales entre las dos colonias; pero antes toda la línea fronteriza delimitada por el Tratado de Riswick era prácticamente tierra de nadie; tanto de un lado como de otro se cruzaba, traficaba, comerciaba… familias se formaban de un lado y luego se radicaban en el otro, sin ningún control, de ahí que cuando estalla el grito de independencia, el 27 de Febrero de 1844 muchos que habían vivido e incluso nacido en Haití, se unen a la parte española, para luchar por la Independencia, es el caso de casi todos los forjadores de lo que luego sería la Restauración de la República, gesta heroica que consagra definitivamente un estado libre, con sólidas bases institucionales.
Fue la plaza de San Francisco de Macorís, la primera que protestó contra el crimen de lesa patria, urdido por Santana y sus acólitos. El día en que se arriaba el pabellón nacional y enhestada el español estalló una protesta espontánea en la que se disparó al símbolo español con algunas armas de poco calibre; ese movimiento fue al instante sofocado por la fuerza por orden del comandante de Armas, General Juan Esteban Ariza. Pero cuarenta cinco días después, el 2 de mayo de 1861, se producía la primera protesta armada organizada en la Villa de Moca al mando del General José Contreras, soldado de la Independencia y ya para entonces ciego. Varias horas después del pronunciamiento, la plaza es recuperada por los españolizados, sometidos los conjurados y fusilados por orden del propio General Santana. Varios días después, junto a Contreras fueron fusilados José Maria Rodríguez, José Inocencio Reyes y Cayeron Germosén, entre otros.
Poco más de un mes después de esos acontecimientos entra por la parte sur del país el patricio Francisco del Rosario Sánchez, junto a un grupo de patriotas; es traicionado, herido, hecho prisionero y fusilado. Entre los que pudieron salvar la vida de ese doloroso episodio se encontraba José Cabrera, quien por instrucciones de Santiago Rodríguez se había unido al héroe a la Puerta del Conde, abandonando su puesto de maestro en Sabaneta.
Siendo Montecristi la conjunción de la Comarca que cubría las cuatro provincias que hoy forman la Línea Noroeste, correspóndele un papel decisivo en todo cuanto tiene que ver con la organización y preparación del movimiento que iniciado en Febrero en Guayubín, terminaría con la Restauración de la Patria. Fue Santiago Rodríguez, quien por su prestigio, tanto personal como patriótico, organizó y dirigió el movimiento en Moca, La Vega, San Francisco de Macorís, Santiago, San José de Las Matas y casi todas las localidades de la Línea Noroeste. Porque con el estaban los hombres que llevados del prestigio del ínclito de esa epopeya portentosa y que procedían de las más diversas comunidades de lo que en ese entonces cubría la Villa de Montecristi.
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gilka -
Rolando Gomez -